miércoles, 29 de febrero de 2012

Eso

Carmen sacude desesperadamente los pelos grises y cortos de su vestido. Se escuchan los pasos del alejarse sobre la grava y en seguida el temblor metálico de la tapa del bote de basura. Debería estar tranquila.
Bajo el grifo,  talla con fuerza las manchas de sangre de sus manos, hasta lastimarlas, pero su piel conserva un olor más amargo que el del estiércol. Ahora el aullido conquista todo el espacio sonoro, como si el perro estuviera en la cocina también y no en el rancho vecino. “Lo hubiéramos amarrado en la carretera para que lo atropellaran, en vez de regalarlo. Parece que el maldito no pudiera vivir sin ella.”
Le había parecido un encargo sencillo cuidar unos meses a la joven que era pura saliva y sonrisas y que se conformaba con la compañía del perro. Lo llevaba en sus paseos al monte;  mientras leía o desayunaba dejaba que su mano colgara de la silla para que el perro la lamiera y, por las noches, se arremolinaba en una esquina de la cama para dejarle un espacio cómodo. Aunque la joven había absorbido el olor del perro, era obvio que la compañía le hacía bien y “eso” entre un perro y un ser humano era imposible. Carmen apuntó su mirada furiosa hacia el jardinero cuando la adolescente se tornó hambrienta y distraída, acariciando a cada rato sus propios senos hinchados.
Los primeros gritos de las contracciones  en la madrugada fueron un alivio porque de un embarazo tan corto sólo podría resultar un feto amorfo, carente de vida, si acaso del tamaño de su palma. Las horas pasaron, los gritos desgarradores se transformaron en gemidos rabiosos, sin que el vientre de la joven expulsara feto alguno. Entonces Carmen metió la mano en el útero hasta sentir un bulto acuoso y lo jaló con todas sus fuerzas. Entre el revoltijo de placenta y sangre, surgió un híbrido, una criatura completa, con torso, piernas y brazos, pero con un rostro oscuro, ojos redondos y belfos, cubierto de un pelambre que se extendía en parches a lo largo del cuerpo. En las manos de Carmen, el engendro abría y cerraba el hocico con ansias de mamar;  a gritos le pidió al jardinero que lo degollara.
Entra al cuarto y encuentra a la joven con los ojos cerrados y la piel empapada en sudor. “Por fin ha vuelto la calma,” piensa en un volumen que no logra superar al aullido interminable.
La joven duerme tranquila. Bajo la frazada, con mano firme, sostiene algo en el pecho. Mientras que la respiración es suave y cadenciosa, su mano sube y baja de manera acelerada y arrítmica. Carmen se acerca más y no se atreve a levantar la cobija cuando distingue el movimiento de otra criatura que emite el sonido congestionado de una succión ansiosa.

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