martes, 3 de enero de 2012

reflexiones fuera de un cuarto de baño

Aprovecha que se encerró en el baño para brincar a la cama y sumergirte de prisa bajo las cobijas. Así es, colócate de lado para disimular tu falta de nalgas. Descubre tus hombros,  la parte de tu cuerpo que consideras más atractiva. Ahora sonríe para transmitirle que estás cómoda; no tanto porque pareces una prostituta mirando con desenfado a su cliente en turno.
Tienes la sensación de un mal comienzo: ni siquiera se tomó la molestia de desvestirte. Te besó lo indispensable y, ahorrándose las palabras de aliento, comenzó a desabrochar su camisa. Era obvio que debías imitarlo, pero no valió la pena hacerlo con tanto cuidado. Ya ves a que la mitad del proceso se dio la vuelta arguyendo que le urgía orinar. 
¿Cuánto tiempo tenías que esperar para que no te considerara una facilota? Un mes de comidas y pláticas serias te pareció suficiente para que apreciara tu valía y creíste que ahora ya podías relajarte a disfrutar de su cuerpo. Pero ahora temes perderlo después del coito, sobre todo porque no obtuviste promesa alguna. Lo más que le has arrancado es un “Ya veremos” como proyecto de futuro. Y tú quieres sexo, claro, pero también una pareja. A tus treinta y cuatro años, además estás pensando en hijos. Y él, una vez que entre en ti, sospechas que perderá el interés y se irá tras otro reto. La sensación de malogro provoca una contracción en tu vientre.
Ni modo de salir corriendo. Ya estás desnuda en su cama y la puerta del baño se está abriendo. Tu cuerpo escondido entre las cobijas contrasta con la impudicia de él cuando atraviesa la habitación, a pesar de su figura regordeta y de sus piernas un poco zambas.  Te gusta su cabello ondulado, su piel morena y hasta el miembro flácido que imaginaste de mayor tamaño.  Quieres tocarlo y acariciar la piel hirsuta de su trasero, apretarlo contra ti. La realidad es que te estás excitando; sientes que tus pulsaciones aumentan en una serie de espasmos y que tu sexo se moja. Contente, debes mantenerte fría y en control. De nuevo piensas que habrías preferido nacer hombre para poder relajarte en ésta y en tantas situaciones.
Te ha despojado de las cobijas. Míralo sin pudor, apareces ridícula con los ojos cerrados y con los músculos contraídos. ¿Y si le dices que sólo te entregarás si ahora mismo ofrece una relación formal? ¿O, cuando menos, asegura llamarte mañana? Olvídalo, se apartaría y comenzaría a vestirse de inmediato.
Se está subiendo en ti, sin preguntar qué posición prefieres. Mal presagio.
También habrías preferido algunas caricias antes de la penetración, pero no te atreves a pedírselo. Comienza a gemir para excitarlo. Hazlo gozar para infundirle ganas de volver a verte. Pero gime bajito, no vaya a pensar...

1 comentario:

  1. El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte, treinta o cuarenta y cinco años.
    afirmo Honoré de Balzac. pero eso deja de tener validez cuando se decide el camino del gozo; el individual y el mutuo...

    muy cachondo y revelador.

    ResponderEliminar